Hace unos días compartí lo aprendido en una plática muy breve con un misionero checo que andaba (o anda) de visita por nuestro país. Aquella ocasión me comprometí a poner aquí una historia que escuché en esa misma conversación. Así que allí va la versión remasterizada:
Era de noche en un bar, de esos bares a los que suelen ir los trabajadores después de un largo día de trabajo. En una mesa se encontraban dos viejos amigos. Ya en una edad madura, su físico fuerte y robusto, además de su atuendo, revelaban su profesión: leñadores.
Llevaban ya un rato bebiendo y hablando, cuando de repente, en un arranque de los que tienen los viejos amigos después de unas cuantas copas, el más viejo le preguntó al otro:
–“¿Me amas?”.
- “Pues sí…” – respondió su amigo un poco confundido, y agregó – “…si nos conocemos desde hace mucho tiempo.”
- “Pero, ¿me amas?” – Volvió a preguntar el viejo.
- “Pues claro, hemos crecido juntos” – contestó ya un poco más seguro.
- “Pero, ¿me amas?” – Preguntó como si no hubieran respondido a su pregunta.
- “Mira” – contestó con voz firme – “crecimos juntos y trabajamos juntos, nuestras familias se conocen, nuestros hijos han crecido juntos y mi hija y tu hijo están muy enamorados y pronto se casarán, ¿por qué pues, preguntas si te amo?”
Su viejo amigo, ya con la voz quebrada y los ojos llorosos respondió: – “Porque si de verdad me amaras, me conocerías realmente. Sabrías lo que siento, lo que me duele, lo que hay aquí.” – y señaló su corazón.
Este es el oficio de la iglesia: amar verdaderamente a las personas. Esto implica conocer lo que les duele, lo que hay en su corazón.


