Dios Perdona

Octubre 8, 2009

Hace poco escribí aquí acerca del apoyo que recibí de parte de la Iglesia durante la muerte de uno de mis tíos. Pero mucho mas importante para mi fue el hecho de como Dios consoló mi corazón durante esos momentos.

Para un cristiano siempre hay cierta inquietud cuando muere una persona muy querida, pero que no comparte la misma fe, o simplemente llevó una vida considerada poco “agradable” ante Dios. Pero después de sepultar el cuerpo de mi tío,volvimos a casa, tomé mi Biblia y me preparé para leer el libro de Jeremías. Al principio pensé ¿que puede decir Dios a través de Jeremías para quitar la incertidumbre de mi corazón? ¿Acaso no Jeremías es un profeta que habla de juicio? Pues sí, pero Dios me mostró que aún cuando habla de juicio su misericordia está presente:

Ve tú al norte y di estas palabras: »“Vuelve a mí, infiel Israel, dice el Señor, ya no estaré disgustado contigo porque tengo compasión, dice el Señor. No estaré enojado contigo para siempre, sólo reconoce tu pecado y admite que te rebelaste contra el Señor tu Dios; que te prostituiste con extraños bajo cada árbol frondoso y que no has obedecido mi voz”. Lo dice el Señor.

Dios a Jeremías en el capítulo 3 vv. 11, 12.

Así que el mensaje es claro: Dios perdona.

Un compañero del Seminario me envió por mail la siguiente cronología de sus propias vivencias (común a las de muchos de nosotros) de lo acontecido en la última semana en la Ciudad de México. He pedido su autorización y así la comparto con ustedes:

Un diario sobre la primera semana

Por Charcosombrío

24 de abril de 2009. Desde la pantalla televisiva se anunciaba un mensaje del Gobierno Federal que interrumpiría momentáneamente mi programa favorito. El Secretario de Salud José Ángel Córdova Villalobos (en ese momento no sospechaba que pronto se convertiría en el personaje que más esperaría ver en mi “tele” desde los tiempos del tío Gamboín) anunciaba la expansión de un virus de la influenza el cual obligaba a cerrar las escuelas el día de mañana, viernes 25.

Viernes por la mañana. En aquel momento pocos lográbamos entender la magnitud de la enfermedad que estaba apareciendo en nuestro país y el cierre de mi Universidad era lo que más me preocupaba. Por las calles se dejaban ver los primeros avisados quienes ya portaban cubrebocas; muy pocos, comparados con los que generaría la pronta aparición de la “fiebre de los cubrebocas” que en un par de días terminaría por agotar la existencia de estos artículos antes sólo pensados como objetos para enfermeras, pero que, si en algún momento lo necesitara, siempre habría alguno. Recuerdo haber utilizado un cubrebocas alguna vez debido a un gato que había en un café internet; soy alérgico al pelo de gato y en aquella ocasión me costo cincuenta centavos. El último que he comprado me quitó dos pesos de encima.

Sábado por la tarde. Con un asombro del cual tarde un tiempo en reponerme, José Ángel Córdova Villalobos, por las facultades que su cargo le confiere, mandaba cerrar para el día domingo teatros, cines y demás lugares concurridos, incluidos ¡los templos!, y la continuación de la suspensión de clases hasta el miércoles 6 de mayo. Más de cinco veces le pregunté a Laura si como yo había escuchado una disparatada disposición de cerrar los templos. Tras más de cinco pacientes confirmaciones agradecí no haber escuchado sendo mensaje sólo pues aún creía que todo era producto de mi imaginación. Pero fueron las lágrimas de los miembros de la sociedad intermedia Nazir, porque precisamente ese domingo celebrarían su tercer aniversario, las que me hicieron poner los pies en la tierra y comenzar a ponderar lo que estaba ocurriendo. Poco a poco me fui alejando del zaguán blanco que lucía ya una gran pancarta fosforescente con la leyenda “Por disposición de la Secretaría de Salud se suspenden las actividades del domingo 26”.

¡Qué triste escena era aquella!, un templo, lugar de descanso y de oraciones, de confianza a Dios, a donde la gente puede recurrir en momentos de caos y de catástrofes, se encontraba anunciando que el día de mañana no podría ofrecer un espacio de fe, ni de confianza, ni de desahogo. Dentro de nuestro templo se encontraba un grupo de jóvenes recogiendo sus coloridos globos que decoraban el contorno de la puerta de la nave, repartiéndose la comida que nunca se cocinó y teniendo pena por un pastel que no tuvo fiesta.

Domingo, ese domingo. Con gran decepción pude constatar como en medio de esta crisis sanitaria se puso de manifiesto la “invisibilidad de los protestantes” (término acuñado con precisión por Carlos Monsiváis) y de las demás minorías religiosas frente a la hegemonía católica. Desde el sábado 25 y en la mañana del domingo 26, en los diversos medios masivos de comunicación (mass media) se daba la noticia de la suspensión de las “misas”, sin ninguna referencia a lo que ocurriría en las otras iglesias como la de los mormones, los hare krishna, o los diversos grupos evangélicos. Contundentemente el domingo por la mañana una locutora radial declaró que se hablaba de lo que ocurría en los templos de la iglesia católica debido a que era la “religión” dominante en el país: Una triste nota que nos canta melancólicamente lo poco que se ha avanzado en la cuestión de la tolerancia religiosa, y el reconocimiento público de la diversidad religiosa en el país.

- No es cuestión de discriminación – me espetaba una semana después alguna telefonista de Radio Red cuando me decía que si no habían dicho qué ocurría en los templos no católicos – ni ese domingo ni toda la semana posterior – era porque ninguna iglesia no católica había dado algún comunicado oficial sobre las actividades en sus templo, como sí lo habían venido haciendo las diversas diócesis de la República Mexicana. Como sea, no se tomo la molestia de pasar mi comentario al aire, pues era evidente que para los grupos no católicos eran suficientes los comunicados locales que realizaran sus iglesias que no se comunican con los mass media. Me pregunto qué sería del periodismo si sólo pasaran las noticias que llegan a ellos, y no se dedicaran a investigar, incluso donde no se quiere que se investigue.

Lo cierto es que el domingo 26, los templos católicos permanecieron abiertos, sin celebrar en la mayoría de ellos misas sino sólo recibiendo fieles en oración. En la Basílica sí hubo una misa a las ocho de la mañana y en otros lugares de la Zona Metropolitana de la Ciudad de México (ZMCM) también se registraron capillas pequeñas celebrando misas. En la estación radiofónica 1440, el pastor Arturo Cruz Ontiveros anunció el sábado por la noche que en la iglesia pentecostal Mahanaim, actualmente bajo su liderazgo, se cambiaba el culto dominical por una reunión de oración de intercesión. En otros templos evangélicos se celebraron cultos matutinos de 45 minutos o una hora y suspendiendo las actividades vespertinas. Muchos otros sí cerraron por completo, al igual que las estacas mormonas, como la de Centenario, frente al Metro Martín Carrera, que anunciaba con cartulinas la suspensión de labores hasta nuevo aviso. El Presbiterio Juan Calvino, de la Iglesia Nacional Presbiteriana, mandó un comunicado para sugerir la suspensión de cultos en todo su campo, aunque respetando la autonomía de las iglesias locales.

Lunes. Perdido en mis pensamientos miraba los guantes de látex que se aferraban al tubo de un vagón del metro, mis manos ya tenían varios minutos sudando, pero ante la preocupación por el entonces llamado virus de la influenza porcina, el sudor parecía un mal menor. El siquiatra Lester Coleman tenía razón cuando afirmó que “las estadísticas son herramientas para el incremento del miedo”, pues conforme la Secretaria de Salud daba las primeras y confusas numeralias esta epidemia parecía crecer avasalladoramente sobre la Ciudad de México y el resto del país. Por la tarde nos enterábamos de que la Organización Mundial de la Salud (OMS) había elevado la Alerta Pandémica (¡por Dios!, ¿existía algo así?) de fase 3 – en la cual nos encontrábamos sin saberlo muchos – a fase 4.

Martes. –Es que están derribando el edificio de aquí en frente – decía con sonrisa nerviosa José Ángel Córdova Villalobos, “un favorito de la familia mexicana” según el oportuno calificativo de Brozo, como intentando convencerse a sí mismo durante una de sus esperadas conferencias de prensa. Pero no había ninguna obra de demolición, las lámparas bailando por toda la ciudad, y el mareo colectivo de sus habitantes daban cuenta de algo que nos debimos haber esperado, pues justo en el momento en el cual decíamos que las cosas ya no se podían poner peor… ¡estaba temblando!

- ¿Sabes qué le dijo la Ciudad de México a la influenza? – se podía leer algunas horas más tarde en varios blogs de internet – ¡huy sí, mira cómo tiemblo!

Enrique Ávila Segura, director de la Confederación de Porcicultores Mexicanos en entrevista radiofónica declaró con contundencia que recientes avances en las investigaciones sobre el virus lo están llamando “influenza norteamericana” (entrevista del día 28/04/2009 en Formato 21, 790 A.M). Enrique Ávila sabía que el descenso de la compra de carne de puerco se debía a que el calificativo de “porcina” hacia considerar a las carnitas, chicharrón y demás sabrosos platillos hechos con carne de puerco como transmisores de este tipo de influenza. Así mismo el lunes 27 de abril la Organización Mundial de Sanidad Animal (OIE) había solicitado que por no haberse podido aislar el virus en animales, debe, a semejanza de la influenza española o la gripe asiática, recibir su nombre en base a su origen geográfico y no en referencia a un sospechoso animal hospedador (http://www.eluniversal.com.mx, consultado el 28/04/2009). “Influenza norteamericana” e incluso “Influenza mexicana” no eran tampoco rutas económicamente sanas pues pasarían a afectar ya no sólo a un sector productivo sino a toda una zona geográfica. Hoy en día se le está llamando influenza humana o aún mejor influenza A-H1N1

Miércoles. El cierre de los restoranes en todo el Distrito Federal y la descomunal perdida económica que esto representa no sólo para los dueños de los locales, sino también para los empleados y demás sectores que abastecen de comida, utensilios y servicios de seguridad a estos lugares se sumó a los daños que la todavía llamada influenza porcina estaba provocando en la ciudad. En el resto del país aparecían nuevos casos y el número de los muertos todavía no estaba confirmado, se manejaban cifras erróneas que iban desde 26 hasta 149. En Estados Unidos también se estaban reportando casos y la palabra “sospecha” se convertía en el leit motiv, en la constante lingüística del mundo entero. Por la tarde Margaret Chan, Directora de la Organización Mundial de la Salud dictaminaba la elevación de la alerta pandémica de fase 4 – en la que recién nos estábamos estrenando – a fase 5. Que esta alerta es global y que no representa que la enfermedad esté cundiendo en México, sino que se esté expandiendo en otros países del mundo (un cruel alivio) tardó en ser comprendida por los mexicanos.

Jueves. Las pruebas de casos sospechosos arrojaban sus primeros resultados comprobados. Siete muertos eran los confirmados. Pero existía mucha reticencia por dar más variables estadísticas como género, estatus social, lugar de origen, etc. Se anunció el que se conocería más tarde como “el puente de la influenza” y del 1 al 5 de mayo todas las “actividades no esenciales para el país” quedaban suspendidas. Desde luego entre ellas se encontraban los servicios religiosos, a diferencia de los partidos de futbol de la jornada 16 que se llevarían a cabo a puerta cerrada. 22 jugadores en la cancha más un árbitro, más 4 jueces de línea, más 2 directores técnicos, más las reservas de ambos equipos y los numerosos reporteros televisivos que se congregan en los estadios sin publico son menos riesgosos y más “esenciales” para el país que los 20 a 25 miembros promedio que se reúnen en la mayoría de los templos evangélicos y en lo demás templos de diversos grupos religiosos en México.

Viernes. Se cumplía una semana de que la Ciudad de México vivía en contingencia sanitaria. “¡Cómo ha quedado sola la ciudad populosa!” (Lamentaciones 1.1) era la mejor descripción para el Distrito Federal. Una semana había sido suficiente para transformar drásticamente el rostro de México. Saludos a distancia, sospecha aterradora para quien se atreva a estornudar o toser en un pesero o en el metro, inspección constante de nuestro cuerpo para descartar cualquier síntoma de influenza y un miedo que te llega hasta el gaznate se comenzaban a convertir en cotidianidad. Los “ateos de la influenza” se comenzaban a quedar sin argumentos metafísicos para negar la existencia de la epidemia, aunque su recalcitrante suspicacia perdurará mucho, mucho tiempo.

Bajo la cálida luz del sol que atraviesa la ventana de mi departamento pasaba la página 747 de la quinta entrega de J.K Rowling, Harry Potter y la Orden del Fénix, una evidencia de lo ajetreada que había resultado esta primera semana de contingencia epidémica. Mientras Harry resolvía su examen TIMO de “Historia de la magia” yo me preguntaba qué sería del futuro.

***

Esta primera semana de alerta sanitaria por la ahora oficialmente “influenza humana” ha cambiado irreversiblemente la vida en esta ciudad y lo único constante que ha quedado es este deseo creciente, incontenible, irrefrenable, que surge desde las más remotas entrañas: “espera en Dios; porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío” (Salmo 43.5)

…O tus carros, televisores, gadgets, etc.

Parecieran las palabras de un loco (y en cierta forma lo son), pero estas mismas palabras resonaban en mi cabeza ayer, cuando volvía de nuestra reunión dominical.

Hace 9 años yo no conocía al Señor, aunque había escuchado de él, y en cierta medida confiaba en él, pero no le había entregado mi vida completamente, entonces lo que ocupaba el primer lugar de mi vida eran los carros de todo tipo, especialmente modelos clásicos. Compraba, arreglaba, disfrutaba, vendía y volvía a comprar otro vehículo. Esto era lo que me daba felicidad. Pero un día me robaron mi preciada posesión. Quizá mas adelante narre en detalle como se dio todo este proceso, pero lo importante es que entendí que era la voluntad de Dios, y que era él el que quería ocupar el primer lugar en mi vida. Recuperé mi auto, lo arreglé, ya no lo disfruté sino que lo vendí y solo así me deshice de él.

Luego todo el tiempo que antes dedicaba a disfrutar de esas posesiones lo dediqué a estudiar la Palabra y a dejar que el Señor reinara en mi vida… pero desafortunadamente los hombres tendemos a caer exactamente en los mismos errores anteriores, y al paso del tiempo vamos adquiriendo nuevos “vicios”, en mi caso ha sido la tecnología. Ser un “geek” ha implicado para mi un desplazamiento de mi relación con el Señor  a un segundo plano, y el primero lo han ocupado las computadoras y todo lo relacionado con el internet: google reader, twitter, tumblr, facebook, Hi5, etc.

Pensando en esto, y después de haber leído hace unos momentos en el blog de Julio (gracias a Dios que no soy el único), creo que es importante tomar una decisión acerca de quien gobierne mi corazón. Esto implicará cerrar algunas cuentas de estos servicios y quedarme solo con aquello que contribuya a que Dios siga teniendo la preeminencia en mi vida, que no todo lo relacionado con las nuevas tecnologías desvía de este propósito. Por otro lado (y desafortunadamente) no puedo deshacerme de mis computadoras, ya que son mi herramienta de trabajo (y si que son útiles!), pero creo que esta nueva actitud traerá cambios importantes a mi vida, y espero que a la de muchos otros que el Señor ha puesto bajo mi cuidado.

Te invito a que también hagas una evaluación de tu vida en este mismo aspecto ¿Que ocupa el primer lugar de tu corazón?

Entonces Jesús, mirándole, le amó, y le dijo: Una cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme, tomando tu cruz. – Marcos 10:21

El Testimonio de Paul Washer (Vía Estudios Bíblicos: el Blog).